viernes, 9 de abril de 2021

🎥 Documental: Aleister Crowley, el Mago Negro ☠️


En #Gatocapitalista nos gustan varios temas, no sólo la política. Entre ellos el Ocultismo, rama del saber espiritual antiguo y bastante mal entendido y denostado en nuestra época actual. Por eso, compartimos de vez en cuando contenido relacionado con este tema.

En esta ocasión te presento este pequeño documental de un programa español llamado 'Cuarto Milenio' que trata el tema de Aleister Crowley, conocido Mago Negro inglés cuya aura de misterio roza casi la leyenda. Se trata de una "investigación" acerca de la casa donde vivió el Mago, llamada Boleskine House, desde donde se supone realizó varios rituales de invocación y magia negra y roja donde pudo obtener contacto con una entidad llamada 'Aiwass' un antiguo demonio egipcio. 

También se se habla de la relación que tuvo Jimmy Page, guitarrista de nuestra amada banda Led Zeppelin. Se presume que el interés de Page en Crowley y en el esoterismo y Magia Negra fue la causa de varios episodios extraños que le sucedieron a la banda.

Digo investigación entre comillas pues la intención del programa es más entretener que elaborar un acercamiento serio y profundo al tema. Sin embargo el video es bueno porque mantiene enganchado y desde el punto de vista del "miedo" cumple su función.

Sin más preámbulos acá les dejo el video. Déjame saber en la caja de comentarios de más abajo qué piensas sobre el tema, cuáles son tus sentimientos y sensaciones al respecto. Gracias por visitar mi blog de Gato Capitalista. 😾

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domingo, 4 de abril de 2021

⏳ La época que nos tocó

La incertidumbre es la nueva normalidad
Ya es un lugar común decir que estamos viviendo los tiempos del fin (aunque no se sabe bien si el fin de occidente o de toda la civilizavión humana). Tantos son los signos que a ya casi nadie le queda duda de que así será, y solo queda esperar el sonido final de las trompetas como antesala para el Apocalipsis final. 

A veces, como tantas otras en el pasado, pareciera que ese final va a comenzar por Colombia, o que por lo menos Satanás tiene acá varias de sus sucursales y oficinas (¿la de Envigado, Ubérrimo?) desde las cuales desplegará a sus huestes hacia todo el mundo. No es inverosímil pensar que empezaría por nuestro país, tan hábido de situaciones diabólicas, o acaso lo más diabólico que tengamos sea la indiferencia.

Uno de los 'signos' de aquellos tiempos del fin parece ser la rápida explosión de las redes sociales: plataformas de interacción social en internet cuyo fin, dicen sus creadores, es acortar las distancias, facilitar las interacciones con otras personas que de otro modo serían imposibles, y 'democratizar' el acceso y la creación de información. Efectivamente son muchas las personas que ahora tienen voz, que han usado sus redes como altoparlantes para expresar lo que quieren decir, pero en la mayoría de ocasiones eso ha ido en la merma de la calidad de lo que se quiere decir. Se han hecho así famosos personas otrora inimaginables, se han disparado discursos de odio, políticos de dudosas acciones usan sus redes para socavar la opinión pública, representantes de poca monta del periodismo nacional hacen lo propio con sus seguidores. Así entramos en una era donde la manipulación también se ha hecho más democrática.

Otro signo es la marginalización del libro. Hoy se lee poco, incluso en paises donde tradicionalmente se tenían altas tasas de lectura. Colombia no está ni por asomo entre los paises más lectores del mundo y el panorama no es más alentador hoy. Tradicionalmente somos un país novelero (telenovelero), agorero, facilisita y resignado. Nuestro país hiergue con orgullo su posición de ser el barrio marginal del mundo. 

La Covid-19 ni más faltaba. Los más entusiastas lo equiparan a la primera de Siete plagas bíblicas que asolarán la tierra en el futuro más o menos cercano. Y es que este virus nos vino a recordar que somos seres frágiles, mortales y que la pretendida omnipotencia capitalista humana no es más que una fantasía erótica mal digerida. 

La falta de líderes y liderazgos a nivel mundial. La antiguedad (sobre todo la antiguedad clásica) se caracterízo por contar entre sus máximos representantes a hombres y mujeres que demostraron que el espíritu humano podía alcanzar cotas de grandeza. Hombres y mujeres de todas las áreas artísticas, del pensamiento o de la política. Hoy, cuando tenemos verdaderos grandes problemas globales, tenemos hombres muy pequeños para hacerles frente, incapaces de cualquier articulación o solidaridad para un verdadero liderazgo mundial.Sin ir más lejos sólo nombremos a alguien, Iván Duque.

El ascenso de China. Cada vez más occidente vislumbra el ascenso de China como presunta futura primera potencia mundial con miedo, temor, amenaza y mucha incertidumbre. Antes de plantar cara como los valientes, decide hacer lloriqueos de niño mimado. 

El caos y la incertidumbre globales parecen ser la norma dominante, el nuevo "acuerdo" hegemónico es que hoy no tenemos acuerdos hegemónicos. Estamos esta vez a la buena del 'diablo'. La tendencia al laicismo, la pretendida arrogancia de quitar a Dios de todos nuestros asuntos, nos está pasando factura temprana.

 Y así  va el mundo, como un barco a la deriva, esperando que la mar se calme y podamos arribar a una nueva tierra prometida. El facilismo de nuestra época nos lleva a pensar que "el sistema se regulará solo". Pero está dentro de nosotros, dentro de cada uno, cambiar la Historia. 

¿Y tu qué piensas? ¿Crees que en verdad estamos viviendo los 'últimos días'? ¿o eres más optimista? Déjanos saber lo que piensas en la sección de más abajo.

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sábado, 3 de abril de 2021

💔 Mi tusa amorosa

Advertencia: se que este blog tiene la intención de escribir principalmente mis puntos de vista y opiniones sobre la política en Colombia y en el mundo. Pero quiero decirles que de vez en cuando escribiré alguno que otro tema personal, y hoy me talla esto 😥
 
¿Qué es una tusa? Por supuesto no voy a definirla yo, acá en este espacio. Pero entiendo que es lo que queda después de una ruptura amorosa. Creo que estoy en eso. Voy a cumplir 20 días desde el momento en que yo tomé la decisión de cortar la relación con una chica que me gustaba mucho y a quien le tengo un gran afecto, que no amor. ¿Por qué sucedieron las cosas así? Bueno, sencillamente llegué a un punto donde sentí que el tema se estaba tornando un poco tóxico y enfermizo, que estabamos en los inicios de una relación que ya no tenía visos de lo que fue al principio: algo bonito y motivante; sino algo donde comenzaba a haber co-dependencia, celos, desconfianza y falta de motivación.

No estoy escribiendo esto para juzgarla ella, lejos de mi esa intención. Ella sigue siendo una mujer maravillosa, una gran madre, una persona que está luchando contínuamente por salir adelante y vencer sus muchos baches, aunque algo atolondrada y extraviada.

En algún punto del camino sentí que la vía se perdía en la bruma y que la meta común ya no era tan clara. intenté por varios medios ser paciente, continuar construyendo, cediendo espacio, tiempo y campos emocionales. Pero sentí que no estaba recibiendo en la misma proporción o en una proporción similar. Eso comenzó a desgastarme y a erosionar el sentimiento que en un primer momento fue casi el cumplimiento de una fantasía. Pues físicamente ella se acerca mucho a la mujer soñada: la chica fitness, una rubia resplandeciente, de piel blanca y lisa (de furioso oro como diría Borges), ojos verdes y un c**o que me moría 🤣

Las relaciones humanas en general me han sido complicadas, y ahora caigo en cuenta que las sentimentales aún más. Pero supongo que así es la vida, como dicen los viejos de quienes tanto hay que aprender. Mientras tanto el tiempo pasa y parece que empieza a construirse algo parecido al alivio, al olvido y al recuerdo sin dolor. 

Desconozco cómo estará la situación al otro lado del río. Sé que ella me deseaba y me quería en alguna medida. Imposible saber si tanto o más que yo a ella. Haberla enfrentado y haberle dicho que quería que pararamos fue un acto de gallardía que nunca había tenido y por el que me sigo sintiendo orgulloso y sorpendido al mismo tiempo. Siempre pertenecí al club de los que esperan que sea ella quien tome la decisión final y corte las cosas, ¿para qué? para acoplarme perfectamente en el papel de la víctima. Tal vez por eso no me está dando tan duro esta vez.

Lo pensé mucho para tomar la tal decisión. Estoy seguro que al principio fue amor, algo tan difícil de encontrar en esta época atípica, por eso la luché hasta el final. Pero ya era insostenible.

Sin embargo yo no cerré la puerta del todo, y le propuse que esperaramos que pasara un tiempo, que ella sanara un poco su parte emocional y sus problemas personales de antes para luego reconectarnos en una tónica más sana. Pero fue taxativa e inflexible y manifestó que para ella se había acabado para siempre. 

Debido a mi casi total ausencia de experiencias en relaciones previas, ignoro si luego de esto podríamos seguir siendo simplemente amigos, como antes de la relación. Intuyo que no, que sería complicado. Tal vez por ello ambos hemos decidido tácitamente no hablarnos más de lo estrictamente necesario. Sé que hay dolor de parte y parte y es mejor que el tiempo pase para que sanen las cosas.

El caso es que, por el momento al menos, no me quedaron ganas de otra relación. Sobreidealicé el tema creyendo que era una suerte de 'seguro', como en el juego del parqués, y que era un comodín de la felicidad y la alegría perpetuas. Lo es así al inicio pero no en el medio y menos al final. Aún debo seguir aprendiendo. Sólo le pido a la vida que me ayude a no obsesionarme como otras tantas veces en el pasado y con aún menos acercamientos que en esta vez.

 

Si quieres saber más detalles de esta historia, déjamelo saber en la sección de comentarios de más abajo y con gusto haré un post mucho más detallado 😺 

¿Haz tenido tu una tusa amorosa? ¿Cómo fue tu experiencia y cómo la superaste? ¿Aún no la haz superado? Si te animas cuéntanos tu historia en la sección de más abajo.

 

Espero no haberlos aburrido mis queridos Gatos Capitalistas con estas pequeñas historias personales que también estaré escribiendo acá. Estoy preparando mi vuelta triunfal a los videos y en algún momento del mes de mayo estaré de nuevo con ustedes en mi canal de Youtube Gato Capitalista.

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sábado, 12 de diciembre de 2020

📿 Tibet, a lo Bonzo

Artículo escrito por el periodista español Nacho Carretero para JotDown.
 
La kora es una peregrinación sagrada que realizan los tibetanos y que consiste en girar alrededor de un templo budista para purificar el karma. En ocasiones se realizan tres giros que dibujan otros tantos círculos concéntricos. El primero es en el interior del templo. Siempre en el sentido de las agujas del reloj, los tibetanos dan una vuelta orando en cada imagen, ofreciendo dinero y quemando mantequilla de yak. El segundo transcurre alrededor del templo. En este círculo, los peregrinos hacen constantes altos en el camino para rezar, en una suerte de exigente gimnasia: se agachan, se tumban, se incorporan; se agachan, se tumban, se incorporan; y vuelven a repetir el proceso decenas de veces. Después prosiguen la kora realizando las sagradas genuflexiones cada tres pasos. Para evitar dañarse las rodillas y las manos utilizan protecciones artesanales, como petos, tablas o rodilleras. Un tercer círculo de la peregrinación discurre alrededor de los límites del pueblo o aldea, un camino más largo que ayuda a limpiar el espíritu. Estos límites —antaño marca inequívoca del final de las poblaciones tibetanas— se diluyen hoy en enormes avenidas de nuevos barrios construidos por el gobierno chino, que controla la región del Tíbet desde 1950. Lo que antes eran lindes rurales hoy es asfalto y tráfico. Los peregrinos tibetanos, empero, mantienen la ruta. Con la cara ajada por la altura y el sol, y girando sus molinillos de oración, completan la kora abriéndose paso entre comercios de música disco, coches de lunas tintadas, tiendas de souvenirs y pandillas de adolescentes con iPads; un cuadro que dibuja el imparable progreso chino. Rezos frente a smartphones, mantras frente a todoterrenos.
 
Genuflexiones a la manera tibetana tradicional.

Ninguna otra imagen podría definir mejor lo que es el Tíbet hoy.

“No somos chinos. No tenemos nada que ver con los chinos. Míranos, somos distintos, hablamos distinto, tenemos culturas distintas. No somos chinos, solo estamos ocupados por ellos”. Se queja con amargura pidiendo que su nombre no se haga público. No quiere ni que se sepa a qué se dedica. Basta decir que es tibetano, de Lhasa, y que no alcanza los 25 años. “Tíbet es y siempre ha sido una parte inseparable de China, que fue liberada de una teocracia”. Es la postura del gobierno chino. No parece que haya acuerdo. Ni que lo vaya a haber.

La historia de esta ocupación —o de esta liberación— tuvo lugar en 1950. Ese año el ejército maoísta decidió entrar en la región y desde entonces el Tíbet forma parte de China. Pese al desacuerdo de casi la totalidad de los tibetanos.

La historia del país va y viene entre imperios, protectorados y matrimonios de conveniencia con sus vecinos, que fueron dibujando distintos lazos con el imperio chino y el mongol. La última dinastía de Pekín —la Qing, también conocida como manchú— mantenía un acuerdo de protectorado durante el siglo XIX con el Tíbet que, pese a ello, contaba con un estatus autónomo con el decimotercer Dalai Lama como cabeza del gobierno. A principios del siglo XX la dinastía cae y China pasa a ser una República que entra en guerra civil, entre nacionalistas y comunistas. El conflicto obliga a las tropas desplegadas en Tíbet a regresar a casa, algo que aprovecha Lhasa: en 1912 el país se declara independiente. El XIII Dalai Lama lo hizo público al año siguiente en la capital, durante la ceremonia de la Gran Plegaria. La región colmó así sus deseos de autodeterminación y los afianzó en los siguientes años, gracias al escenario internacional que le rodeaba: la posguerra en Europa mantenía a raya las ensoñaciones colonialistas de las potencias occidentales y China resolvía sus asuntos internos, desatendiendo el suspenso tibetano. Sin embargo, en Lhasa, sabían que su existencia autónoma descansaba sobre el fino alambre de una época en la que no existía la ONU ni ningún organismo supranacional que velara —al menos sobre el papel— por su independencia. El XIII Dalai Lama era consciente y, como una desconcertante profecía, dejó por escrito en su testamento de 1933 las sombras de una invasión inminente. Tíbet era independiente de facto, pero ninguna legalidad internacional lo respaldaba y, lo que parecía más importante, China no había participado en acuerdo alguno desde su salida de la región, cuando esta era su protectorado.

“…y todo lo que se extiende hacia el oeste, constituye, sin duda alguna, la tierra del Gran Tíbet”

En el corazón de la ciudad de Lhasa —capital del Tíbet— se encuentra la plaza de Jokhang. En una de sus cabeceras está el templo con el mismo nombre, uno de los más sagrados del Tíbet. En la otra, restaurantes de comida rápida destinados a los numerosos turistas chinos. En los lados, comercios y puestos ambulantes, escoltados por casas de ventanas cuadradas enmarcadas en fachadas con forma de trapecio. La plaza bulle de peregrinos tibetanos rezando, de turistas de todos los rincones de China haciendo fotos y de vendedores callejeros inasequibles al ‘no’. También de soldados del ejército chino que apostados en varios check-points controlan el acceso a la plaza. Todo ello se envuelve con el humo del incienso atravesado por los rayos del sol, el olor a mantequilla de yak que se derrite dentro del templo y los mantras budistas con voz grave. De fondo, el imponente palacio de Potala, antigua residencia del Dalai Lama, que se yergue autoritario sobre la ciudad. Un cuadro final que traslada al visitante a la que un día fue la Ciudad Prohibida, en cualquier caso, un lugar aislado, en medio de un inabarcable altiplano, lejos de todo y rodeado de un misticismo que sobrecoge.

Frente al templo de Jokhang hay un monumento que representa la piedra angular del desacuerdo de la interpretación de la historia entre chinos y tibetanos. Sobre este pilar está grabado el tratado firmado en el año 822 entre los soberanos de los dos países: “…El Gran Rey del Tíbet y el Gran Rey de China, unidos entre sí como sobrino y tío, estuvieron reunidos en debate sobre la alianza de sus reinos. El Tíbet y China acatarán las fronteras que ocupan en la actualidad. Todo lo situado de estas hacia el Este corresponden a la tierra de la Gran China; y todo lo que se extiende hacia el Oeste constituye, sin duda alguna, la tierra del Gran Tíbet…”. A partir de ese momento las visiones sobre los hechos históricos no han dejado de divergir, hasta que en el siglo XX las cartas se pusieron sobre la mesa.

En 1949 la guerra civil en China termina: vencen los comunistas. El 1 de octubre Mao Tse-Tung proclama la República Popular China desde la plaza de Tianamen y queda solo Taiwán como República de China. La sed imperialista de Mao le hace volver su mirada hacia el altiplano tibetano en pocos meses. “Nos pertenece, siempre nos ha pertenecido. Lo liberaremos”. El gobierno tibetano, inexperto, aislado y sin haber buscado el respaldo del derecho internacional, no supo ver lo evidente. El 6 de octubre de 1950 las tropas chinas atravesaron sin declaración de guerra la frontera. Todo fue muy rápido. Solo pequeños grupos ofrecieron resistencia a través de combates de guerrilla. En Lhasa, el recién llegado XIV Dalai Lama, que cumplía 15 años, decidió enviar una delegación tibetana a Pekín para negociar. Poco duró el negociado: China ya tenía preparado un acuerdo de 17 puntos que obligó a firmar a los emisarios. Las firmas de los que se negaron fueron falsificadas, como establecería en 1959 la Comisión Internacional de Juristas. El documento pactaba la “libración pacífica del Tíbet”. Los escritos de la época hablan de que en ese momento, en toda la región, había siete extranjeros. Uno de ellos era el alpinista austríaco Heinrich Harrer, amigo y maestro del Dalai Lama que pasó siete años en Lhasa y cuya vida fue llevada al cine en la película Siete años en el Tíbet. Once meses después los primeros soldados chinos entraron en Lhasa. Durante la década que siguió a esta entrada las sublevaciones y revueltas fueron constantes. La represión china, atroz. En 1958 la insurgencia alcanzó su ebullición encabezada por los khampas, única tribu guerrera del Tíbet y que lograron poner en serios aprietos a los soldados chinos. Los khampas consiguieron levantar a la ciudad de Lhasa al año siguiente, una sangrienta noche de marzo que significó la muerte para miles de tibetanos tras duros enfrentamientos. Mientras la calle ardía, el Dalai Lama, definitivamente en el punto de mira de las autoridades chinas, decide abandonar el palacio de Potala y huir a la India. El exilio dura hasta la fecha.

Tras la sofocada revuelta y el exilio, la represión china se tornó inhumana. Ejecuciones sumarias, torturas, cárcel, prohibicionismo enfermizo… La estocada a cualquier atisbo de resistencia la dio el propio Dalai Lama, que se enrocó en una posición contraria a la violencia y se empeñó en que no se hiciese frente a la ocupación china mediante combates. Hasta tal punto que desde el exilio ordenó a los khampas abandonar la guerrilla en los años 60. Los oficiales khampas, incapaces de rendirse al enemigo pero también de desobedecer al Dalai Lama, optaron por quitarse la vida.

¡Modernizaos, maldita sea!


Desde entonces y hasta hoy China ha tenido todo bajo control. Convirtió parte del Tíbet histórico —formado por las desaparecidas provincias de Amdo, Kham y U-Tsang y que supone más de un cuarto de la superficie actual de China— en la actual Región Autónoma de Tíbet (RAT) y la otra parte, la oriental, fue anexionada a las provincias chinas de Qinghai, Gansu, Sichuan y Yunnan. Los tibetanos pasaron a ser ciudadanos chinos y Pekín nunca ha permitido una sola discrepancia acerca de este asunto: Tíbet es China. Para lograrlo no ha escatimado en violencia ni le ha temblado el pulso.

La historia presenta al Tíbet como una de las zonas más aisladas del mundo. El país se dibuja sobre un altiplano de dos millones y medio de kilómetros cuadrados con zonas inhóspitas y delimitado al sur por la cordillera del Himalaya y al norte por las Montañas de Kunlun, que dan paso al desierto de Takla Makan. Su altura media es de 4.000 metros. Un lugar inaccesible que siempre giró a una velocidad distinta al resto de la Tierra. El aislamiento que ha acompañado a los tibetanos a lo largo de la historia explica la sensación cuando se entra en el altiplano de encontrarse en un lugar, como mínimo, distinto.

Monjes lamas en el palacio del Potala en Lhasa, capital del Tibet

Durante muchos años los extranjeros tuvieron prohibido el acceso al país. Eso los pocos que se proponían alcanzar una zona a donde hasta hace poco no llegaban carreteras ni vías del tren y donde el oxígeno se hace de rogar. La altitud es uno de los acompañantes fijos en el Tíbet. Para hacerse una idea de lo que es vivir a 4.000 o 5.000 metros, basta con que el lector, ahora mismo, mire hacia arriba y proyecte con su imaginación una vertical de cuatro o cinco kilómetros hacia el cielo para después visualizarse allí arriba. Entonces sí, se comprende que en el Tíbet el azul del cielo sea más intenso, como una cúpula sobre la cabeza, y que las nubes floten tan cercanas que parezca que se pueden alcanzar lanzando una piedra. La sensación de que se está más cerca del cielo, mucho más cerca, es gratificante. El peaje a pagar es la falta de oxígeno. La cuenta de la vieja indica que a 4.000 metros de altitud hay un 40% menos de oxígeno, a 5.000 un 50% y así sucesivamente. A partir de los 6.800 metros es necesario para el visitante no experimentado usar botellas de oxígeno. Estar a estas alturas significa envejecer súbitamente. Cuando se le niega oxígeno al cuerpo, es decir, cuando se viaja al Tíbet, la sensación es la de haberse convertido en un anciano. Cualquier movimiento brusco agota, subir unas escaleras a un primer piso deja sin aliento y enseguida uno se da cuenta de que camina por la calle despacio, muy despacio. Al final de día, la idea de pasear un rato más derrota. Todo se hace de forma más lenta y pesada y durante toda la estancia un leve malestar decide instalarse, como un plomo, en la cabeza. Por lo demás, con prudencia y mucha agua, logra evitarse el temido mal de altura, que puede dejar al visitante KO varios días.

Una vez aclimatados, la ruta de la amistad es la preferida por los turistas. Es el nombre que China puso a la carretera que ha construido entre Lhasa y Kathmandú, capital de Nepal. La vía discurre por el altiplano entre enormes masas montañosas que convierten a los camiones en diminutos puntos y llega hasta la cordillera del Himalaya, que atraviesa para alcanzar la frontera con Nepal. Por el camino, la carretera realiza pasos por collados de más de 5.200 metros de altura. Los tibetanos consideran sagrados estos lugares y los pertrechan de banderines de colores con oraciones que el viento traslada a todos los rincones del universo. Allí, en los collados, las cosas suceden a cámara lenta: los movimientos y también las sensaciones de verse rodeado por la inmensidad montañosa del Himalaya, que vigila con mastodóntica calma el paisaje. Grande, enorme, gigante, la escena que rodea a esta ruta descansa en silencio reduciendo al minúsculo cualquier presencia. En primer plano, las laderas rocosas y sin aire suficiente para que nazca el verde; más arriba, glaciares que parecen derramarse inmensos sobre la montaña; y de fondo, las cumbres nevadas de los gigantes, envueltos en nubes que anuncian su inaccesibilidad. De entre todos se impone el Qomolangma, también conocido como Monte Everest y cuyos 8.848 metros de altura tienen un sedante efecto sobre quien lo contemple.

Que una carretera logre atravesar el altiplano y después el Himalaya, con trazados a 5.300 metros, supone una obra de ingeniería civil brutal. Más si se tiene en cuenta que el asfalto está en perfecto estado y que, en paralelo a la carretera, discurre un cuidado tendido eléctrico. El único ‘pero’ de la autovía queda reservado para quien padezcan de vértigo, ya que en algunas subidas se serpentea entre acantilados con un anecdótico quitamiedos. Especialmente intenso es el tramo final, donde comienza el descenso por la otra cara del Himalaya y las gargantas de las montañas se extienden cubiertas de verde selvático. Así y todo la carretera es un lujo comparada con la parte nepalí. Una vez atravesada la frontera el asfalto se convierte en tierra y el quitamiedos desaparece sin rubor. El descenso prosigue entre acantilados cuyo final puede verse desde la ventanilla del vehículo mientras los autobuses —con el techo lleno de pasajeros— se adelantan entre bocinazos. Una jungla comparado con la parte tibetana y una muestra de que, sin ninguna duda, China ha llevado el progreso al Tíbet. Las aldeas ahora están comunicadas entre sí y tienen luz eléctrica, Lhasa cuenta con ferrocarril y aeropuerto y las ciudades poseen amplias avenidas, comercios, tecnología… Desde 1979 existe libertad religiosa —suprimida por China tras la ocupación— y los tibetanos, ciudadanos chinos de pleno derecho en base a la legalidad, pueden practicar su culto. La lengua tibetana, antaño prohibida, se enseña a los niños en la escuela, una escuela donde menores chinos y tibetanos estudian juntos. China esgrime estos y otros argumentos para explicar que ha sacado a Tíbet de una teocracia medieval y les ofrece el progreso.

Antes de la ocupación china (cabe recordar, en 1950), Tíbet era un sistema cuasifeudal, una teocracia donde el clero acumulaba riqueza y poder y el pueblo trabajaba en el campesinado y la artesanía. La diferencia era muy gráfica ya que la clase religiosa —monjes y monjas de distintas escuelas budistas— vivía en enormes monasterios normalmente construidos en las laderas de las montañas y, muchas veces, más grandes que la propia aldea sobre la que se erguían. Allí había estatuas de oro, ornamentos, comida y miles de billetes que el pueblo dejaba a las deidades religiosas. Abajo, en la aldea, la vida se abría paso a 4.000 metros sin electricidad y con una colección de necesidades básicas. Estos monasterios siguen existiendo en su mayor parte, aunque casi todos fueron gravemente dañados por las tropelías del ejército chino, que destruyó un incalculable patrimonio budista tras la ocupación. Más allá de su significado clerical todos suponen, para el visitante, rincones de inexplicable paz. Su arquitectura, sus patios, su quietud… En Gyangtse, un pueblo a unos 260 kilómetros al sur de Lhasa, se encuentra el monasterio de Khumbum, en Shigatse está Tashilumpo, uno de los más grandes del Tíbet. Sakya, Shegart, Nenling… Solo las campanas mecidas por el viento irrumpen en un silencio que llena a quien consigue entrar en estos lugares. Son sitios impregnados de espiritualidad, compartimentos estancos que permiten escapar de la velocidad del mundo durante unas horas. El culmen de esta arquitectura se sitúa en Lhasa, donde el palacio de Potala —sede del gobierno tibetano antes de la ocupación y residencia de invierno del Dalai Lama (tiene otro palacio de verano en Lhasa)— eleva su formidable fachada sobre la ciudad, inclinándose literalmente sobre las casas y reservando para su parte final, ya en las inescrutables alturas, unas pequeñas ventanas que le confieren un aspecto aún más gigantesco. Miles de tibetanos acuden cada día a estos templos a rezar y, de una forma llamativa, a depositar decenas de billetes en cada imagen de buda. Con la mirada, inocente, clavada en cualquier turista que vean, y haciendo cola como niños esperando su turno, los campesinos tibetanos entregan parte de lo que tienen a su deidad, afanados en poder mantener un karma limpio que les asegure una reencarnación en ser humano.

Cada monasterio alberga una escuela budista y cada escuela tiene un líder espiritual. Por encima detodos ellos están el Panchen Lama, segunda máxima autoridad del país, y en la cúspide el Dalai Lama, cabeza política y religiosa del Tíbet. El Dalai Lama (el actual, que se exilió tras la ocupación china, es Tenzin Gyatso, que significa Océano de Sabiduría) es —era— el jefe de Estado y también religioso, de forma que ambas competencias son indivisibles. Por supuesto, esta figura no es elegida por el pueblo, sino que el puesto se hereda por reencarnación del alma. Es un espíritu el que dictamina quién dirigirá el país y es una comisión religiosa la que define qué niño es la reencarnación del Lama fallecido. Para ello realizan unas pruebas en las que —entre otras cosas— le dan a elegir entre diversos objetos que pertenecieron al anterior mandatario. Cuando se ha localizado al niño se le nombra nuevo Dalai Lama y se le prepara hasta que alcanza la mayoría de edad, momento en el que toma el poder. Toda esta organización pervive hoy en el exilio.


Este sistema, que se ha llegado a denominar lamaísta, responde, según el Dalai Lama, a la voluntad del pueblo tibetano. “La institución del Dalai Lama es una institución humana que, como tal, está condenada a desaparecer un día. Su futuro inmediato depende de los tibetanos. Si ellos lo desean, la institución perdurará; si estiman que ha llegado la hora, no pasa nada. En la tradición budista se vuelve a la tierra para terminar una tarea que no se ha podido realizar en el transcurso de la existencia y el Dalai Lama volverá si es necesario y fuera del alcance de un poder autoritario. Para mí no tiene mucha importancia; el Tíbet puede concebirse sin el Dalai Lama y eso es lo que cuenta”.

“Los occidentales lo veis de otra forma”, explica un joven tibetano ni mucho menos entregado a la religión. “En Tíbet las cosas funcionaban así y el pueblo quería que así siguiera. No pueden venir los chinos y decirnos cómo debemos vivir. Ni los chinos ni nadie”. El joven tibetano, que susurra estas ideas dentro de un coche (“de estas cosas solo podemos hablar dentro del coche, por favor”) toca una de las notas clave en esta sinfonía geopolítica: nadie ha preguntado a los tibetanos si ese era su deseo, si querían modernizarse. Sencillamente les han obligado y para la mayoría el precio a pagar por el progreso, ni mucho menos, ha compensado.

Genocidio


Unas enormes letras chinas forman una frase en la ladera de una montaña, visibles desde la carretera: “Protestar no ayuda a progresar”, traduce un joven tibetano. El gobierno chino prohíbe cualquier tipo de manifestación, acto e incluso conversación acerca del estatus político del Tíbet. Es un tema tabú. Solo mencionarlo puede suponer a cualquier ciudadano la cárcel. La represión es asfixiante: están prohibidas las banderas tibetanas y a cambio es obligatorio poner una bandera china en la entrada de cada casa. Está prohibida cualquier imagen del Dalai Lama (prohibición que incluye libros o material que porten los turistas) y a cambio abundan las de históricos líderes comunistas de todo el mundo. Está prohibida hasta la guía Lonely Planet. Desde el primer día, China ha aplastado con bota de hierro cualquier contestación tibetana. Las consecuencias han sido, y siguen siendo, una vergüenza para la humanidad.

Se calcula que más de un millón de tibetanos han muerto desde la ocupación china. Una cifra imposible de asimilar. Son los números que maneja la Audiencia Nacional en la querella presentada por varios activistas tibetanos contra el gobierno de Pekín. Dependiendo de la asociación u organismo que ofrezca la cifra, esta varía, pero en ningún caso baja de 500.000 muertos. Otros 130.000 se han visto obligados a exiliarse y aproximadamente dos millones de personas han pasado por la cárcel. La mayoría de ellas recibieron malos tratos, fueron sometidas a trabajos forzosos y no contaron con ninguna garantía legal durante su presidio. Apenas hay familias en el Tíbet que no tengan un miembro exiliado, muerto o encarcelado. “El genocidio suma ya 1,2 millones de víctimas y sigue —expresaba hace unos meses el abogado José Elías Esteve, quien presentó la querella a la Audiencia Nacional todavía en trámite—, siguen huyendo tibetanos, y los guardias chinos les disparan como a conejos por la montaña”.

De entre todos los tibetanos, los monjes y monjas han sido los más castigados, debido a su mayor fervor y actividad nacionalista. La población de religiosos en Tíbet ya es inferior a los que viven en el exilio, casi todos ellos en India y Nepal, a donde llegan después de tortuosas huidas a pie a través del Himalaya. La ruta que China bautizó como de la amistad se ha tragado miles de vidas de tibetanos que huían (y todavía huyen) hacia Nepal. Ni siquiera recorrerla en una furgoneta permite comprender qué cotas puede alcanzar la dureza de realizar esa ruta de escape a pie. La novela Las montañas de Buda, del periodista Javier Moro, recoge el testimonio de dos monjas que fueron encarceladas por participar en una manifestación en Lhasa. El relato de las torturas a las que fueron sometidas, incluidas violaciones con porras eléctricas, ejemplifica hasta dónde llega la opresión china. Las dos sobrevivieron y huyeron a través del Himalaya hasta la India, en una ruta a pie inimaginable para alguien no tibetano.

China también aplica el control de natalidad en el Tíbet. Estructurada en familias numerosas y plurigeneracionales que viven bajo el mismo techo, la sociedad tibetana tiene serios problemas con esta medida. Hasta tal punto que las autoridades chinas obligan a muchas mujeres tibetanas a abortar. Con unidades motorizadas de control de natalidad, recorren pueblos y aldeas controlando los embarazos. “Y eso que la población colona china en el Tíbet (7,5 millones) es ya superior a la aborigen tibetana (6 millones). ¡Es un propósito obviamente genocida!”, exclamaba Esteve en la misma entrevista a La Vanguardia.

La represión china se completa con la Revolución Cultural. En 1966 Mao ordenó una purga religiosa en el país con catastróficos resultados. El 90% de los monasterios resultaron dañados, muchos de ellos fueron saqueados o completamente destruidos y se perdió una incalculable cantidad de patrimonio budista. Diez años después, tras la muerte de Mao, Pekín pediría disculpas públicamente por lo ocurrido asegurando que los soldados habían actuado por su cuenta y que el fin de la revolución cultural no era ese. En total, la actuación china en Tíbet acumula tres sanciones no vinculantes de la ONU. “Es una vergüenza universal”, concluye Esteve.

Palacio el Potala en Lhasa. Antigua residencia de los Dalai Lama.

Beber combustible para que no puedan apagarte


Nyagyartse es una pequeña aldea situada a 4.300 metros de altitud, perdida en la inmensidad del altiplano. En ella nació la madre del actual Dalai Lama. En su calle principal, tiene un pequeño restaurante. La cabeza zumba por la altitud mientras uno se intenta hacer entender para elegir la comida. Tiao-Seng, nombre ficticio de un empleado de hostelería en Lhasa y que está de paso por Nyagyartse, explica lo que haría si alguien le golpeasen, “yo le diría: si eso te hace sentir bien, de acuerdo, pero no responderé”. Los tibetanos no devuelven el golpe.

El Tíbet nunca ha resistido de forma violenta. Las revueltas en la primera década de ocupación son lo único parecido a una resistencia activa. Tras ellas, y con el Dalai Lama en el exilio, la postura tibetana fue clara: no violencia. Nunca. Sus ideas le valieron el premio Nobel de la Paz en 1989, pero también críticas de algunos sectores tibetanos. Muchos jóvenes sí creen en la resistencia violenta y reclaman sin medias tintas la independencia del Tíbet. Son críticos con la postura poco experimentada en el escenario internacional del gobierno tibetano y piden mayor contundencia. El Dalai Lama, por su parte y desde hace años, solicita diálogo con Pekín y acepta la condición de región autónoma del Tíbet como parte de China. “La fuerza del fusil tiene éxito solo a corto plazo, pero la fuerza de la verdad triunfa a largo plazo”, ha expresado en multitud de ocasiones. “Algún día los chinos serán nuestros vecinos y, entonces, desearemos una convivencia pacífica y sin rencores con ellos”. Su postura es masivamente respaldada por los tibetanos, quienes consideran a su líder un iluminado con una visión mucho más amplia y profunda que la de una resistencia violenta cortoplacista.

El pasado 17 de julio, Lobsang Lozin, un monje de 18 años, caminaba hacia la oficina del gobierno en el Cantón Bharkham, en la provincia china de Xichuan. Cuando llegó a la entrada, donde había una pequeña concentración tibetana de protesta, se rocío de gasolina y se prendió fuego. Lobsang se mantuvo de pie envuelto en enormes llamas que ascendía casi tres metros hasta que se desplomó. Decenas de personas trataron entonces de apagar el cuerpo del monje, pero todo resultaba inútil. Además de rociarse con gasolina, Lobsang había bebido combustible, por lo que ardía sin posibilidad de ser sofocado. El joven murió. Dos meses antes, el 27 de mayo, otros dos monjes se inmolaron del mismo modo, pero esta vez en un lugar mucho más significativo: se prendieron fuego en la céntrica plaza de Jokhang, en el corazón de Lhasa. Las autoridades tardaron casi diez minutos en ahogar el fuego, algo que no soportó ninguno de los dos cuerpos. Esta es la única forma de resistencia activa que entienden desde 2010 los tibetanos. Han hecho suya la práctica de inmolarse como protesta contra la ocupación y desde entonces se estima que podrían haberse quemado a lo bonzo casi un centenar de tibetanos, la mayoría de ellos fuera del propio Tíbet. Es ahí, en el exilio, donde tienen lugar las protestas, las concentraciones, las reclamaciones. Es también en las provincias chinas fuera de la región autónoma donde se alza la voz, donde en ocasiones se registran enfrentamientos entre tibetanos y han (etnia china mayoritaria en la zona). Dentro del Tíbet, en su corazón, apenas se puede abrir la boca. Es el exilio el que habla y se queja.

Las inmolaciones de los últimos meses han tenido consecuencias. La primera es la cada vez más restrictiva entrada en la zona para occidentales. A día de hoy, solo se puede entrar en el Tíbet en grupos de cinco personas de la misma nacionalidad y siempre con guía, del que conviene no separarse si se quiere acceder a los principales lugares. La segunda es la militarización de la región, especialmente de Lhasa, la capital. Actualmente todo el Tíbet está minado de check-points militares, puestos de control por los que debe pasar cualquiera que se desplace por el país. En Lhasa, el barrio de Barkor, donde habitan la mayoría de tibetanos, está rodeado de estos puestos de control. Llama la atención ver que, en todos ellos, hay extintores, cubos de agua y un extraño instrumento con forma de pinza gigante que sirve para inmovilizar un cuerpo… sin que el guardia se queme al hacerlo. Los soldados patrullan de tres en tres y uno siempre porta un extintor. En la entrada de monasterios y museos se repiten los carteles que prohíben el acceso con mecheros, cerrillas o cualquier instrumento que prenda. Cajas enteras rebosan mecheros de distraídos visitantes. La vigilancia sobre el turista occidental es constante. No se puede fotografiar en dirección a ningún puesto de control y no se debe hablar sobre ningún tema que pueda comprometer la seguridad del guía. Las miradas de los soldados, la sensación de saberse vigilado, es constante. Todo ello se multiplica debido a la prácticamente nula presencia de occidentales. En Lhasa es posible cruzarse con una docena de ellos durante la visita. Tras salir de la capital, es probable que no se vuelva a ver a ni uno más. El control sobre cinco blancas figuras que recorren la región es evidente. Por si fuera poco, en pocos meses, según corre el rumor en los círculos tibetanos, China cerrará la carretera de la amistad al turismo, reservando su uso sólo para el transporte de mercancías. En las agencias de viaje especializadas van más allá y están convencidos de que el turismo occidental en el Tíbet tiene las horas contadas.

“La causa tibetana seguirá”


En una de las principales avenidas de la ciudad de Shigatse, a unos 350 kilómetros de Lhasa, se sirven hamburguesas de pollo con patatas fritas y refrescos. Se trata de un restaurante de comida rápida llamado Dino’s que se esparce por toda China. Hay otro en pleno centro de Lhasa, en el barrio de Barkor. Es el otro frente abierto por China en el Tíbet, además del militar. Cuando los primeros soldados maoístas llegaron a la capital en 1951, una caravana de ciudadanos chinos entró tras ellos. Desde entonces no han dejado de acudir, inspirados por la facilidad que el gobierno chino ofrece para trasladarse a la región. Y ya son más que los propios tibetanos.

Su masiva presencia ha cambiado la fisionomía del Tíbet. Las ciudades poseen ahora enormes barrios cuadriculados, de reciente y proyectada construcción: amplias avenidas, comercios, tecnología, tráfico, cadenas de comida rápida, teléfonos móviles… todo un west way of life salido del corazón del imperio comunista. Los barrios originarios han quedado relegados a pequeños espacios conocidos como ‘el barrio tibetano’ (en el colmo de la paradoja, ya que son ciudades tibetanas), donde el mantenimiento y salubridad son claramente peores. Aunque no hay diferenciaciones sobre el papel, en la práctica las poblaciones están separadas y la mejor preparación de los ciudadanos chinos les permite copar todos los puestos cualificados y de responsabilidad. El artesanado y los servicios básicos quedan reservados para los tibetanos. La nueva estructura social envía un mensaje claro a los más jóvenes: el modo de vida chino es el futuro; el tibetano es un patrimonio folclórico a preservar por el bien de la cultura, pero inútil si se quiere vivir bien. Xian, el nombre ficticio de un guía turístico de Lhasa ya retirado, tiene una opinión formada en esta línea: “Es difícil mantener a lo largo de las generaciones el espíritu nacionalista, es lógico que los niños quieran vivir como sus vecinos chinos, pero sí pervivirá en el exilio. La causa tibetana seguirá existiendo aunque ni el mismo Tíbet exista como lo conocemos”. Cada día miles de turistas chinos, recién llegados a la clase media con enormes cámaras de fotos, entran en los templos y recorren las ciudades tibetanas. Su avance en la región, ya sea como visitantes o como nuevos vecinos, parece imparable. Y devora sin piedad la realidad tibetana.

Xian corrige a dos adolescentes chinas que entran en un templo, ataviadas con dos grandes sombreros y haciendo fotos con un iPhone. Les indica que hay que girar en el sentido de las agujas del reloj. Las chicas le miran y obedecen sin decir nada. Xian resopla mientras sale a la calle. “Si mañana el Tíbet es independiente, los chinos son bienvenidos. No queremos cerrarnos al mundo, pero tampoco queremos que nos impongan nuestro camino”, dice. A su espalda aparece un grupo de campesinos tibetanos girando sus molinillos de rezo, abriéndose paso entre el tráfico de la avenida para completar su kora. Miran con extrañeza al turista occidental y prosiguen su ruta. “No queremos ser espectadores de nuestro propio futuro”.

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domingo, 18 de octubre de 2020

Gato Capitalista: I'll be back.

Hola mis queridos #GatosCapitalistas. 

Se que tengo abandonado el canal de Youtube y por extensión a quienes me siguen. Ha sido un año de muchos cambios personales, ha sido un cambio de grandes cambios para el mundo entero, creo. Así que mis prioridades también han cambiado.

Por supuesto quiero seguir con este canal, con el blog y todos los proyectos alrededor de Gato Capitalista, faltaba más. Sólo que debo encontrar el espacio adecuado para poder continuar.

Tengo mi propia empresa que durante los últimos meses, Bastet mediante, me ha demandado mucho trabajo, tiempo y energías, así que por este motivo he dejado el canal momentáneamente en 'stand by'.

También he estado un poco alejado de mi cuenta de Twitter. Cuando entro, lo hago con la intención de enterarme de las noticias en Colombia. Eso me genera cierta desazón. Lo que veo es a una Vicky Dávila cada vez con menos rubor defendiendo lo indefendible, trinos y trinos hablando bien o mal de Álvaro Uribe Vélez (como si Colombia se redujera al concepto de ese expresidente gritón, mentiroso, que elude la justicia a través de maniobras sucias, como renunciar al Congreso para que lo "investigue" la justicia ordinaria y no la Corte Suprema de Justicia (en Colombia parece que no hubiera otro tema más que AUV), masacres que se suceden con una frecuencia aterradora, un Iván Duque cada vez más desconectado de la realidad (y más choncho (parece que en Palacio cocinan muy bien, eso es lo único claro de su "mandato")).

 A veces el trabajo y estar tan ocupado me ha dado la oportunidad de distraerme de esta realidad política tan nefasta. 

¿Difícil de entender cómo un Congreso sigue sesionando en la casa cuando a la mayoría de colombianos nos toca salir a trabajar? 

No se entiende tampoco ¿cómo estos miserables congresistas siguen recibiendo viáticos (14 millones de pesos) adicionales a su generoso sueldo de 34 millones, estando en sus casa sesionando por Zoom? 

Da grima, pode decirlo menos. Y el pueblo cada vez más resignado a la situación. La pandemia de la Covid-19 no ha despertado conciencias, ni aquí ni en los centros mundiales como EE.UU. o Asia, nada. Mal de muchos consuelo de tontos.

Por esas razones este servidor gatuno se ha alejado un poco y ha preferido dar rienda suelta a sus sueños de grandeza empresarial que ha seguir observando la realidad política nacional desde la política electoral. Pues igual la realidad la veo a diario, en mi trabajo hablo con muchas personas, y se ve el país profundo. Y al verlo he decidido que quiero volver a retomar este proyecto llamado Gato Capitalista.

Hay tanto que decir, tantas personas a las que deberían dárseles voz y cosas que suceden. 

Colombia parece que de repente, de un par de décadas para acá, se ha convertido en una mina inagotable de injusticias, de corrupción, de atrocidades físicas y morales, en un lugar donde suceden los actos más execrables, y en donde los determinadores del dolor y sufrimiento de muchos colombianos siguen posando de defensores de la moral pública y tomándose fotos como bondados servidores de la rectitud y la paz.

Colombia hoy es un país más desesperado y más desesperanzado. Pero aún a pesar de estar rodeados de esta injusticia sin cuartel, creo que no debemos dar nuestro brazo a torcer y seguir intentando despertar a la gente, que esa sea la intención.

Gracias por seguirme y espero que nos veamos pronto. 

Saludos mis queridos Gatos Capitalistas.

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domingo, 9 de agosto de 2020

💥 Álvaro Uribe Vélez | Corte Suprema de Justicia ordena su detención

Álvaro Uribe Vélez detenido
El miércoles 6 de Agosto de 2020 la Corte Suprema de Justicia de Colombia impartió órden de detención contra el Senador y ex-presidente de Colombia Álvaro Uribe Vélez. Twitter fue un descalabro ese día, íntegro. Voces a favor y en contra de la decisión salieron airadas a trinar sobre sus apreciaciones al respecto. La CSJ emitió medida de aseguramiento y órden de detención domiciliaria contra Uribe por su presunta participación como determinador en los delitos de soborno y fraude procesal. El resto es historia, que su abogado Diego Cadena fue el eslabón para la compra de testigos y demás. Es la primera vez que un expresidente es detenido por la Justicia. En un país como el nuestro, acostumbrado a que no pase nada, parece una decisión ejemplarizante que sienta un precedente.

Pese a que algunos medios de comunicación en Colombia se hayan hecho eco de esta noticia entre las peticiones de una decisión ecuánime de nuestro aparato de justicia, y tonos lastimeros y de histeria, lo cierto es que la figura de Uribe ha estado envuelta en un manto de permanente sospecha desde hace más de 40 años, desde que fue director de la Aerocivil. Es un ciudadano colombiano que ha levantado amores y odios en proporciones casi idénticas, que no deja indiferente a nadie y quien insiste con denuedo en su inocencia. Su partido, el Centro Democrático, del que es director, también salió a defenderlo a capa y espada, con un sentimentalismo casi infantil, lleno más de bajas pasiones y de gritos que de argumentos reales.

Tan solo horas después de conocida la decisión, Paloma Valencia, senadora de ese partido y una de sus más férreas defensoras, salió en su Twitter a convocar marchas y cacelorazos por todo el país para pedir la libertad de Uribe, del claro atropello que se estaba comentiendo contra un ex-presidente que "nos salvó de ser como Venezuela". 

Más allá de estas galopadas de histeria es importante recalcar que Uribe tiene más de 250 procesos por los que se le investiga, de los que es acusado. No es posible comprender que el partido de gobierno pida ahora una reforma a la justicia y ladre sin parar y se queje, cuando los fallos no son favorables y alabe cuando son favorables.

Lamentable fue también la alocución del "presidente" Ivan Duque defendiendo a Uribe, suplicando ante el telempromter y jurando que él creía en la "honorabilidad del expresidente Uribe". Duque cumple coincidencialmente 2 años en la jefatura del Estado y parece no entender la separación de poderes. Un mensaje que deja aún más en claro su ineptitud y su falta de liderazgo.

Veremos en los próximos días más revelaciones e informaciones sobre este caso. 

Lo cierto es que desde ese día se vieron a las claras muchas facetas de ciertos periodistas y de ciertos medios, sus inclinaciones e intereses, y quizá los favores recibidos durante el gobierno de la Seguridad Democrática.

El próximo post de este blog de Gato Capitalista hablará sobre la repugnante reacción de ciertos medios y periodistas ante este hecho.

Mientras tanto disfruten las reacciones de algunos comentaristas en Twitter y de las reacciones de los medios de comunicación sobre el hecho.



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viernes, 22 de mayo de 2020

📽 Primer capítulo de Matarife: un Genocida Innombrable

Sale al aire en redes sociales el primer capítulo de la serie escrita y narrada por el abogado, periodista y criminólogo Daniel Mendoza Leal: Matarife: un genocida Innombrable. Podrás verla desde el blog de Gato Capitalista. No te la pierdas, promete, tiene una producción impecable y creo que empezó bien. Sólo hay una razón para que cada capítulo parezca tan corto: incentivar que sus capítulos sean 'colgados' en todas partes dentro de internet para su viralización y mostrar la verdadera cara del Genocida Innombrable.

La prensa internacional ya comienza a hacerse eco sobre la serie: Agencia EFE


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lunes, 18 de mayo de 2020

💣 Matarife: la serie sobre la vida de Álvaro Uribe Vélez

Daniel Mendoza Leal ha anunciado desde hace varios días el lanzamiento de una serie concebida para Whatsapp sobre la vida y obra del expresidente y hoy senador del Centro Democrático, Álvaro Uribe Vélez. La serie de nombre 'Matarife' tiene en expectativa a toda Colombia. Mendoza ha declarado en un comunicado haber decidio adelantar el lanzamiento de esta serie por presuntas amenazas contra su vida por orden directa de Uribe. Temerarias acusaciones que muestran el carácter férreo y valiente del abogado y periodista Mendoza, muy activo en redes y activista que ha dedicado gran parte de su vida a investigar la vida del expresidente. Acá lo pueden seguir, esta es su cuenta de Twitter: @ElQuelosDelata


El documental de 50 capítulos y distribuido en cinco temporadas, con un guión escrito y narrado por Daniel Mendoza y en asocio con una productora internacional, busca desentrañar los supuestos nexos de Álvaro Uribe Vélez con el oscuro mundo de la mafia del narcotráfico y los paramilitares, desde que comenzó su carrera pública en Antioquia.

El pasado jueves 14 de mayo de 2020, salió el teaser oficial de la serie Matarife: un genocida innombrable a través de las redes sociales de la misma, que ha generado gruesa expectativa entre el público de Colombia. En él, con una sugestiva música de fondo, se ve a Álvaro Uribe Vélez en varias facetas: como Alcalde de Medellín, como gobernador de Antioquia, dando declaraciones sueltas sobre lo que se presume, fue el gérmen de las Autodefensas. Véanlo ustedes mismos mis Gatos:


Mientras tanto, el pasado fin de semana, es decir, hace tan solo menos de 24 horas. Hemos visto cómo, desde la cuenta de Twitter del expresidente Álvaro Uribe, se ha empezado una "serie" de videos, defendiendo la gestión de su vida pública.
   

Videos pretendidamente espontáneos y que nada tienen que ver con lo que se ha denominado, no en vano, como 'bodegas uribistas'. En entrevista con Camila Zuluaga de Blu Radio, podemos ver la 'enérgica' respuesta del Expresidente diciendo "sin bodeguitas". Veamos:


Entre tanto, es bastante obvio que la salida de estos videos en la cuenta de Twitter del expresidente es una respuesta a la fuerte expectativa que se ha creado con el lanzamiento de Matarife: un genocida innombrable. ¿Cómo se podrían leer estos videos del senador del Centro Democrático? ¿Miedo? ¿Respuesta a lo que consideran una afrenta? ¿Si ninguna de las acusaciones de Mendoza son ciertas, y así lo aseguran los fieles seguidores de Uribe, por qué responder con una serie de videos? La senadora Paloma Valencia ya lanzó un tuit, lógicamente indignada, por las acusaciones de Mendoza hacia Uribe, según ella, sin pruebas.

El lanzamiento del primer capítulo de esta serie esta prevista para el próximo viernes 22 de mayo de 2020. Habrá qué ver qué sucede en el país político con esta serie que seguramente abrirá un debate como una herida chorreante.

Los invito a verlo mis Gatos Capitalistas, pinta bien.

Intro oficial de la serie Matarife: un genocida innombrable

 


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martes, 28 de abril de 2020

🎟 Película: 1984

Si estás desparchado, bienvenido a la sección de películas de Gato Capitalista. Videoteca de películas favoritas de este gato que busca la Revolución en silencio.

Sinopsis: Basada en la novela de George Orwell esta cinta narra las vidas de Winston Smith (John Hurt) y su amante (Suzanna Hamilton) en medio de una sociedad totalitaria.

Qué la disfruten.


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🎬 ¿Claudia López está en campaña presidencial?

Continúa el rifi-rafe entre Claudia López e Ivan Duque, por las medidas tomadas para alargar la cuarentena y los protocolos para que algunos sectores comiencen a funcionar: manufactura y construcción según ha dicho el Presidente. Sin embargo la alcaldesa de Bogotá ha desestimado abrir ambos sectores al tiempo aduciendo razones válidas para la protección de la salud de todos los bogotanos.

Sin embargo, da la impresión de que Claudia López está aprovechando la falta total de liderazgo de Ivan Duque para presentarse ella como una verdadera líder capaz de desobedecer y poner en jaque los decretos del Ejecutivo, anteponiendo pretendidamente la salud de la población. También pareciera, muy subrepticiamente, que López está 'en campaña presidencial'. 

Si quieres saber te invito a que veas este video de mi canal de Youtube Gato Capitalista donde hablo más al respecto. No olvides suscribirte

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📽 La conspiración del Ocultismo: Documental

En esta cuarentena que parece interminable, desde el blog del Gato Capitalista les queremos llenar el desparche con documentales para analizar y pasar el tiempo. O bien, pueden también ir a nuestro canal de Youtube para ver nuestros contenidos. Durante la Segunda Guerra Mundial también se llevó a cabo, tras bambalinas, otro tipo de guerra, que muy pocos vieron pero que posiblemente influyó poderosamente en los resultados de la contienda.

Fuerzas ocultas a la mayoría de los hombres fueron puestas en marcha en ambos bandos para ganar una guerra que algunos consideran un choque espiritual entre el bien y el mal. Hoy vemos como este último está conformado por los llamados "Vencedores". Desde Gato Capitalista queremos analizar la veracidad de estars afirmaciones. Bienvenidos.

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domingo, 26 de abril de 2020

📽 La guía de cine para pervertidos: Slavoj Zizek

Slavoj Zyzek es un filósofo y psicoanalista esloveno, crítico de la cultura. Hace una profunda revisión del mundo contemporáneo a través de una mezcla entre marxismo y psicoanálisis lacaniano, que le ha dado una visión muy aguda de los acontecimientos. Es, por el momento, el epítome de una nueva figura que ha surgido en el siglo XXI: el filósofo o intelectual como Rock Star.

A contuniación presentamos el documental "La guía de ideología para el pervertido" donde Zyzek hace un recuento sobre varias producciones cinematográficas, aplicando su particular 'psicoanálisis marxista' y analizando la ideología subyacente a cada película. Si eres admirador de Zyzek y del cine, este documental no tiene desperdicio.

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