miércoles, 11 de marzo de 2020

💊 La epidemia de miedo se extiende por ‎el mundo‎.

😎 La exageración sobre la peligrosidad del coronavirus en relación con otras ‎enfermedades así como la preparación de la respuesta de los principales actores, ‎2 meses ante de la aparición de la epidemia, resultan especialmente sorprendentes. Por ‎el momento, parece apresurado tratar de sacar conclusiones. ‎

Partiendo del principio que no hay que subestimar el coronavirus y que se deben seguir las ‎‎10 reglas de prevención divulgadas por el ministerio de Salud [italiano], habría que adoptar ‎además una 11ª regla fundamental: impedir también la propagación del virus del miedo.

Sin embargo, los medios de prensa, principalmente la televisión, comenzando por la Rai [1], que está dedicando sus espacios informativos casi enteramente al coronavirus, ‎se dedican precisamente a propagar el miedo, un virus que penetra así en todos los hogares, ‎a través de los canales de televisión. ‎

Pero esas mismas televisoras que siembran la alarma sobre el coronavirus callan el hecho que la ‎gripe invernal, ha resultado mucho más letal que el coronavirus, dejando en Italia, sólo durante la ‎‎6ª semana de este año 2020 –según el Instituto Superior de Salud–, un promedio diario de ‎‎217 muertes, provocadas por complicaciones pulmonares y cardiovasculares derivadas de ‎esa simple gripe. Tampoco dicen que –según la Organización Mundial de la Salud (OMS)– en Italia ‎mueren cada año más de 700 enfermos de SIDA, lo cual representa un promedio de ‎‎2 fallecimientos diarios, de un total mundial de 770 000 muertos por el SIDA. ‎

Al referirse a la campaña alarmista sobre el coronavirus, la directora de macrobiología clínica, ‎virología y diagnóstico de biourgencias del laboratorio del hospital Sacco, de Milán, Maria Rita ‎Gismondo, declara:‎ ‎

«Es una locura. Han convertido una infección apenas más seria que una gripe en una ‎pandemia letal. ¡Miren la cifras! No es una pandemia.»

Pero la voz de esta científica no llega hasta el gran público, mientras que cada día, desde la Rai –‎servicio supuestamente público– hasta los canales de Mediaset y todos los demás, se les inculca ‎a los italianos el miedo al «virus mortal que, desde China, se extiende por el mundo». ‎

El hecho es que esa campaña va en el mismo sentido que lo que declaró el secretario del ‎Comercio de Estados Unidos, Wilbur Ross, en una entrevista transmitida por Fox Business: ‎ ‎

«Pienso que el coronavirus ayudará al regreso de los empleos de China a Estados Unidos. ‎En China hubo, primero el SARS, después la peste porcina y ahora el coronavirus.»‎

Por consiguiente, comenta el New York Times, «lo que China pierde podría ser una ganancia ‎para América» [léase “para Estados Unidos”]. Dicho de otra manera, el coronavirus podría tener un ‎impacto destructor sobre la economía china y, en una reacción en cadena, sobre las economías ‎del resto de Asia, de Europa y de Rusia, ya afectadas por la caída de los flujos comerciales y ‎turísticos, en beneficio de Estados Unidos, económicamente indemne. ‎

Global Research, el centro de investigación sobre la globalización, dirigido por el profesor Michel ‎Chossudovsky, está publicando una serie de artículos de expertos internacionales sobre el origen ‎del coronavirus. Esos expertos estiman que «no se puede excluir la posibilidad de que este virus ‎haya sido creado en un laboratorio», hipótesis que no puede ser simplemente clasificada como ‎‎«complotista» para desacreditarla. ¿Por qué? Porque Estados Unidos, Rusia, China y las demás ‎grandes potencias tienen laboratorios donde se realizan investigaciones sobre virus que, al ser ‎modificados, pueden ser utilizados como agentes de guerra biológica, dirigiéndolos incluso contra ‎ciertos sectores de la población. Estamos hablando de una actividad rodeada del mayor secreto, ‎a menudo bajo la cobertura de investigación científica de tipo civil. ‎

Pero algunos hechos salen a la luz, como la existencia en Wuhan de un biolaboratorio donde ‎científicos chinos realizan, en colaboración con Francia, investigaciones sobre virus letales, ‎entre ellos algunos enviados por el Laboratorio de Microbiología de Canadá. En julio de 2015, el ‎instituto gubernamental británico Pirbright patentó en Estados Unidos un «coronavirus ‎atenuado». En octubre de 2019, el Johns Hopkins Center for Health Security realizó en ‎Nueva York un simulacro de pandemia por coronavirus utilizando un guión que, de convertirse ‎en realidad, provocaría 65 millones de muertos [2].‎

Pero lo que no se simula es la propagación del virus del miedo, que se extiende, con efectos ‎socioeconómicos devastadores. ‎

Manlio Dinucci

Fuente
Il Manifesto (Italia)

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domingo, 2 de junio de 2019

📢 'La dictadura de las audiencias' | A propósito de la columna de María Jimena Duzán en SEMANA

María Jimena Duzán le llama 'la dictadura de las audiencias' en su reciente columna de la revista SEMANA en que asume su posición respecto de la salida de su colega Daniel Coronell de la misma revista. Se refiere a las redes sociales, al tumulto informe de comentarios y posiciones de los millones de personas que a diario navegamos allí. Cómo no, la imprevista salida de Daniel Coronell de publicaciones SEMANA generó toda una oleada de emociones encontradas traducidas en tuits de todos los colores y de todas las pelambres. La decisión de Felipe López, fundador y mayor accionista de SEMANA de prescindir de los servicios del columnista, provocó todo tipo de reacciones: desde que el medio había hecho una clara censura a su columnista estrella, hasta que López habría recibido presiones externas para finiquitar esa columna que para algunos era molesta en los estamentos del poder político de Colombia. 

  👽 ...se va lanza en ristre contra Coronell al que acusa de soberbio y arrogante por pedirle explicaciones al medio donde trabajaba...

Lo cierto es que algunos colegas de Coronell salieron a defenderlo, y a sentar su posición sobre esa lamentable decisión que, para ellos, pone en entredicho la reputación de la revista y es un grave caso de censura dentro de un medio que en 37 años de existencia se había caracterizado por la pluralidad, rigor y la libertad de prensa y el amplio márgen de maniobra que otorgaba a sus columnistas. 

Los columnistas más sonados de SEMANA no tardaron en escribir sendas columnas donde ejercían ese derecho a la libertad de prensa, que consideran en el caso de su colega Coronell fue vulnerado, para mostrar sus pensamientos respecto del particular.

Entre ellos tenemos a María Jimena Dusan en una columna titulada LA HORA DE SEMANA en que en primer lugar habla de la que en su concepto es una desacertada decisión de Felipe López, pero también se va lanza en ristre contra Coronell al que acusa de soberbio y arrogante por pedirle explicaciones al medio donde trabajaba. Explicaciones relacionadas con la no publicación de una investigación que se estaba llevando a cabo acerca de los "nuevos" falsos positivos y que el New York Times publicó hace un par de semanas causando igual revuelo. 

  😠 Me parece desafortunados los términos en que se refiere Duzán a una nueva audiencia que es cada día más dinámica, más consciente y por lo mismo más exigente y menos 'manipulable'.

Con igual grima, continúa Duzán, lanzando diatribas contra lo que ella llama 'La dictadura de las audiencias', título con el que comenzamos este artículo en #GatoCapitalista. Al afirmar que: 

"Me preocupa la dictadura de las audiencias en esta era de las redes sociales y lo manipulable que resulta la verdad en estos tiempos. el dictamen de la redes, luego de la consternación que produjo la noticia de que la columna de Daniel no iba a aparecer más, es que había que acabar a SEMANA".


💣 Y aquí va mi punto de vista: me parece que Duzán se equivoca. Lo que ella llama con visible sorna 'dictadura' no es más que la natural conformación de la gente dentro de nuevos medios de transmisión de la información como lo son las redes sociales. Esto, por supuesto, genera un traumatismo que es lógico, para quienes como Duzán, han detentado durante décadas el privilegio, no solo de tener acceso a la información, sino de moldear (en su fuero íntimo y propio criterio) como sale esa información al público. Claro, gracias a las redes y a que la gente sencilla y de a pie tiene hoy formas contundentes de exigir explicaciones a esos formadores de la opinión pública que son los periodistas que antes no tenía, surgen estos encontronazos y naturales resistencias.  

Me parece desafortunados los términos en que se refiere Duzán a una nueva audiencia que es cada día más dinámica, más consciente y por lo mismo más exigente y menos 'manipulable'. 

Desde luego es claro que esta democratización de voces que han generado las redes sociales, forzosamente también provoca el florecimiento maligno de comentarios insultantes, amenazas y estupideces de toda laya que las más de las veces son ladridos de perros frustrados. Pero esto no puede torpedear lo que en realidad se viene como un alud incontenible: el verdadero poder de la información en manos de las personas.

  🤦‍♂ Lo que veo es un afán de asumir favorablemente el papel de víctima por la falta de comprensión en profundidad de los nuevos contextos, del cambio tan real que se está generando gracias a las redes sociales.

Por eso difiero completamente de Duzán en su apreciación de la manifestación de las personas en las redes sociales. Es un derecho, es una herramienta, que llegó para quedarse.

Maria Jimena Duzán continúa su columna acusando a algunos de sus comentaristas que le amenazaron con que ella debía también renunciar y SEMANA acabarse. Sigue explicando que esta no es la solución y que ella no se va a inmolar con Daniel (Coronell). 

Me parece que sobredimensiona y tergiversa lo que sucedió en redes después del despido de su colega: ni la audiencia estaba pidiendo que ella se inmolara ni tampoco se exigía la desaparación de SEMANA, pues eso, por lo pronto, no va a pasar. 

Lo que veo es un afán de asumir favorablemente el papel de víctima por la falta de comprensión en profundidad de los nuevos contextos, del cambio tan real que se está generando gracias a las redes sociales. El internet llegó para quedarse y esto seguirá. Y si los periodistas no logran comprender estas nuevas dinámicas y esta nueva realidad, lo mejor es que se retiren del mercado. 

Duzán termina su columna afirmando que los de Coronell exige un debate ético de los directores de medios acerca de la censura, pero un debate que no debe hacerse desde "pedestales morales". ¡Hágame el favor! 

Y en esta columna ella precisamente habla desde un 'pedestal moral'. 

Señores periodistas: deben entender la nueva realidad, ya no son seres intocables ni tienen un fuero especial que los habilita para hostigar, sustituir la labor de los jueces y emitir fallos (juidiciales o éticos). Si no logran comprender que el nuevo periodismo exige profesionales que se acerquen a la gente, que su labor sea por y para la gente, en vez de despreciarla llamandola 'Dictadura', los mismas olas de los nuevos tiempos los va a apartar. La autocrítica, hace mucha falta aplicar eso en el gremio de Colombia.

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domingo, 29 de julio de 2018

🔊 Archivo: Entrevista a Natalia Springer en la W

Decana en la Universidad Jorge Tadeo Lozano, Natalia Springer es conocida por su labor de estudio y análisis en el campo de la política y las relaciones internacionales, siendo una valiosa consultora para varias organizaciones en temas relacionados con la paz y la justicia.

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jueves, 28 de junio de 2018

Venezuela, más allá del abismo | Análisis

La tragedia venezolana solo puede ser útil si la convertimos en la moraleja de una fábula. El socialismo del siglo XXI arribó al país sobre los hombros de un profundo resentimiento de las clases medias, y de su abisal incapacidad para comprender su historia.

El pensamiento convencional estaba pleno de mitos sobre el papel redentor del Estado, la desconfianza contra el emprendedor privado, la necesidad de que el gobierno arbitrara los recursos del país y la fe puesta en las posibilidades de realización del más irresponsable discurso populista.

Una creciente e irreductible insatisfacción provocó que hubiera una negación social de los frutos del progreso acumulado y por lo tanto compraran tal y como vino aquella consigna de que “aquí se habían perdido cuarenta años”. Es imperdonable la ingenua ignorancia, así como también resulta patética la erotización de las cualidades sobrehumanas del “hombre fuerte”.

Orlando Avendaño, un joven periodista de 23 años se plantea las preguntas adecuadas en su ensayo “Días de sumisión: Cómo la democracia venezolana perdió la batalla contra Fidel”. Porque ese dictador caribeño fue el arquetipo que los venezolanos del siglo XX necesitaban para imaginar cuál hombre fuerte querían.

Buena parte de la intelectualidad venezolana cayó a sus pies, no sabemos si porque esa intelectualidad era socialista, o si porque era tan débil de carácter que se dejó llevar por la moda. Vale la pena leer el libro, no solo por su riguroso análisis, sino por la protesta implícita de una generación de venezolanos que no dejan de asombrarse por tamaña estupidez. Allí hay claves que no se pueden despreciar.

Estado fuerte, líderes autoritarios, gobiernos fracasados. ¿Esa puede ser la secuencia? El Estado patrimonialista venezolano detentó tanto poder que al final se volvió su víctima propiciatoria. El Estado venezolano todopoderoso, dueño de los recursos del país y titular de un jactancioso discurso populista estaba condenado desde el principio.

Todo estaba mal planteado alrededor de una oferta fraudulenta. El poder se asumió como capacidad para dar y quitar. Y los venezolanos se acostumbraron a esa dinámica perversa. Esa pretensión de los ciudadanos de que todo se podía disfrutar con tarifas y precios subsidiados fue la consecuencia de la deformación.

Se asumió como real un país artificial, con una ficción de armonía, en la que el gobierno respondía concediendo lo demandado a la primera queja, lo mismo daba que fuera la gasolina, las tarifas de los servicios, o los créditos empresariales, terminando por malograr cualquier posibilidad del proyecto nacional sostenible. El populismo se devoró a si mismo. Pero recordemos siempre que no hay populista exitoso sin sociedades dispuestas a caer en sus brazos.

El proyecto populista siempre tuvo a la mano un chivo expiatorio: El empresario, que terminó siendo el culpable habitual de las imperfecciones del proceso. El régimen, que se asumió como el supremo protector de los pobres porque podían ser víctimas de la voracidad de los ricos, al final solo logró una peligrosa y perturbadora relación entre la imposibilidad de cumplir y las ansias voraces de vivir como en el primer mundo, pero sin el esfuerzo de los ciudadanos de los países desarrollados.

Los gobiernos se convirtieron en los detractores del emprendimiento privado, reducidos a la falacia de ser especuladores de oficio, y la verdad es que resulta espeluznante el poder ver cómo las autoridades pretendían legislar hasta sobre los precios de las arepas y del pan. Nada es ajeno a la capacidad de intromisión de los gobiernos socialistas.

Pero esta intrusión que asfixia el libre mercado siempre termina en escasez e hiperinflación, y en una tendencia imparable a construir una comunidad totalitaria cuyos ladrillos y cementos son precisamente las regulaciones y los controles. El mecanismo era dual: asfixia a los privados para lograr una “empresarialidad bonsay” y crecimiento imparable del tamaño y cobertura del gobierno.

Esto no se hizo sin contar como apoyo con un proceso de deformación cultural masiva. Los discursos exaltadores de la riqueza fácil y de la renta petrolera creciente e infinita hicieron mella en la cultura nacional. Aquí todo el mundo se pretendía rico por el mero hecho de haber nacido venezolano. Aquí todo el mundo buscaba una explicación sobre las razones y los culpables de que esa riqueza no les hubiera sido otorgada todavía. Todo porque se vendió mal el proyecto nacional.

Nunca se planteó un país de derechos y libertades. Nunca se atrevieron a proponer libre mercado. Nunca se liberaron las garantías económicas provistas por la constitución. Aquí en Venezuela gobernar es prometer a manos llenas, y desconfiar intensamente de la empresarialidad. Porque se tenía a la mano la renta petrolera, que se distribuía sin plantear como contraparte exigencias productivas, sin siquiera tener a la mano un presupuesto o un flujo de caja.

Eso no podía concluir sino en endeudamiento y ruina, que provocaban a su vez ciclos de frustración que al final nos condujeron a esta barbarie explícitamente socialista. La república civil se desacreditó porque nunca tuvo el coraje de plantear una relación adulta con sus ciudadanos. Y cuando un grupo trató de hacerlo, comenzó la temporada de golpes de Estado.

Porque la verdad es que Venezuela ha vivido desde principios del siglo XX una apoteosis socialista, que debía culminar con esta tragedia autoritaria que todos estamos sufriendo. Un gobierno diseñado para aplastar a los privados, concentrar los recursos y distribuir indebidamente la riqueza, debía terminar exterminado por sus delirios grandilocuentes, intoxicado de empresas públicas corrompidas, ineficaces y ruinosas, obras faraónicas que nunca se podían concluir, y compromisos incumplibles.

Obviamente influyó el tener como ventaja la renta petrolera, a la que malversaron hasta hacerla inútil. Pero lo importante es el sustrato. Lo verdaderamente sustancial son las interrogantes que se plantean jóvenes como Orlando Avendaño. Detrás de los errores había una fatal e irresponsable entrega a una utopía, un ansia morbosa de buscar la cuadratura del círculo, de jugar a los vengadores de la historia, de autodestrucción que efectivamente terminó aniquilándonos. Orlando Avendaño tiene muchas razones en sus reclamos.

Volvamos al intento de sacar al menos una moraleja. En algún momento la fábula se devoró la realidad y ese estatismo comenzó a creer que era posible permanecer invicto sin el aporte del trabajo continuo y sistemático que es propio de los capitalismos. No en balde, eso era lo que se enseñaba y se enseña en las escuelas y universidades.

Hace poco, en un foro al que fui invitado en la Universidad de Los Andes un alumno reclamaba la imposición de la economía marxista como materia obligatoria. Así podríamos pasearnos por todos los centros de educación superior, que todavía son iglesias del marxismo, mal enseñado y lleno de manuales escritos por resentidos. El socialismo es silvestre. El caudillismo se enseña en las edades más tempranas.

El odio y la envidia contra cualquiera que tenga éxito forma parte de la cultura del venezolano. En colegios se cuenta un país de orígenes inexistentes y con una gesta heroica de la que somos deudores irredentos. En los colegios se insiste en la necesidad del hombre fuerte y en la virtud de las dictaduras militares, con esa estética de marchas superfluas y seguridad mítica que se ha vuelto una nostalgia nacional.  Maestras incultas añoran la dictadura de Perez Jiménez.

En las universidades el marxismo es la ley, y los profesores hacen gala de juguetear con sus categorías, negándose al debate y transformando al socialismo como el hallazgo científico más importante e irrebatible. La hipercrítica social no permite preservar los progresos y se provoca explícitamente una desazón de la que todos somos patrocinadores y víctimas. Y la contaminación religiosa, que falsamente indica que la riqueza es una lacra, mantiene como exigencia reivindicativa el donarla entre los más necesitados.

Por eso los menos competitivos se sitúan en el flanco de los traicionados, esperando que alguien venga a enmendar esos entuertos. El populismo se ceba en esa predisposición a la venganza social, porque permite réditos de corto plazo, mientras que los empresarios aprendieron mejor que nada la necesidad de establecer relaciones de privilegio con los funcionarios públicos, y entre ambos fortalecieron relaciones mercantilistas con una gran capacidad de retroalimentación pero también de exclusión.

El gran padre de la nación, el gobierno, además, pretendió crear empresas, financiarlas, hacerles el galpón y entregarles el negocio “llave en mano” a unos favorecidos, no por sus competencias emprendedoras sino por sus habilidades gestoras. La política era vista, no podía ser de otra forma, como un negocio sucio, opaco, y no como es realmente, un servicio público.

Desde esa relación tan marcadamente paternalista siempre se pretendió que nada de lo privado era genuinamente privado. Que todo había sido el resultado de una concesión graciosa, y que, así como se les había dado, también podía serles quitado. Los derechos de propiedad siempre fueron condicionados a la lealtad perruna, verdadero interés público. La teta rentística no se daba abasto para amamantar tanta dependencia y tanta voracidad.

Cuando esa relación se degradó y se hizo imposible de sostener, comenzaron a convalidarse las conspiraciones y a plantarse como factibles las vías de hecho. Los que lo advirtieron, quedaron marcados como enemigos y terminaron siendo los perdedores tempranos de esta última etapa.

La libertad no se pierde de un solo golpe. Es una disminución gradual hasta que hace crisis. Tal vez comienza con una invalidación generalizada, un estado social de decepción inexplicable, una reláfica histórica llena de falacias y trampas argumentales, además contada en medio del gran hastío nacional.

En nuestros países, las ofertas de cambio son siempre trampas abismales, porque ofrecen lo imposible y no lo apropiado. Hugo Chávez llegó en los hombros de esa sed insaciable de otra cosa, o si se quiere, encarnó el arquetipo terrible pero ansiado de caudillo, socialismo, exterminio y pueblo. El bárbaro perfecto, el comandante supremo, el Fidel de este lado del mar de la felicidad.

Lo cierto es que Orlando Avendaño, un joven de 23 años, tiene toda la razón cuando reflexiona y afirma que este país perdió la batalla contra si mismo. Hoy le pedía que no diera por concluido su ensayo. Que nos permitiera escribir un último capítulo, que bien podría llamarse “La Reivindicación”, porque más allá de este abismo el país tiene una nueva deuda histórica: el superar esta debacle y volver a edificar un nuevo proyecto de país, diferente, libertario, competitivo, pero sobre todo, esperanzador. Más allá de este abismo hay futuro.


Escrito por:

Victor Maldonado C.
Director de CEDICE Libertad y Director ejecutivo de la Camara de Comercio de Caracas. Síguelo en @vjmc

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